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Córdoba. Patrimonio de la Humanidad

Título original: Córdoba. Patrimonio de la Humanidad (España)

Género: Documentales > Arte y cultura / Viajes

Director: Rafael González.

Duración: 25 minutos.

 

Resumen:

No se apresure el viajero a aprender la historia de Córdoba a la vista de su romano puente, la monumentalidad de su Mezquita soñada por Abderramán I o al penetrar en ella y descubrir en su corazón la Catedral con la que Carlos I afirmó la definitiva presencia cristiana. Esos tres hitos, aún en su grandiosidad, no son más que parciales testimonios de su antiquísima historia.
Córdoba supo del hombre desde el Paleolítico; los Turdetanos la convirtieron en capital del Imperio de Tartesos; la conquistó para el cartaginés el general Amílcar Barca; fue romana dos siglos antes de Cristo, en la que nacieron y vivieron Séneca y Lucano; luego la dominó Bizancio, como después los visigodos de Leovigildo.
Y sería musulmana con el último Omeya –dinastía de señores y califas de Damasco–, quien se erigió en emir independiente al derrotar en el 773 a Yussuf, emir de Al-Andalus. De todo hay vestigios en la Córdoba de hoy, abierta a la admiración de sus visitantes.
Bien es cierto que además de su puente sobre el Guadalquivir y el imperecedero rastro de sus filósofos y poetas, la ciudad romana que vivió siglos de esplendor fue transformándose con la dominante cultura árabe hasta convertirse en el centro más importante del mundo islámico y poderoso califato, con Abderramán III, cuyo poder plasmó en la ciudad palacio de Medina Azahara. Durante cinco siglos adquirió el semblante que hoy continúa caracterizándola.
Su más emblemático monumento –ha quedado dicho– es la Mezquita, con su más de medio millar de columnas y arcos superpuestos, la cúpula octogonal ornada con mosaicos polícromos; la “quibla”, con sus importantes tesoros; el “mihrab” de mármoles labrados y arco de herradura recubierto de mosaicos bizantinos... y la Catedral cristiana, que abarca desde el mudéjar al barroco.
El viajero debe recorrer sus estrechas calles y escondidas plazuelas enmarcadas por la blancura de la cal y el bermellón de los geranios brotando de la forja de rejas y balcones. Seguramente se le abrirá algún portal para ofrecerle la visión de uno de sus típicos patios floridos sólo techados de cielo, necesidad heredada de los árabes de cultivar la belleza y cobijarla en el ámbito hogareño.

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